Los 17 menores están en una casa de acogida. Por las mañanas estudian y en las tardes juegan. Se acuestan temprano y comen tres veces por día, lo que antes no sucedía. Equipos de psicólogos y médicos están pendientes de su salud. Hasta hace un mes sus vidas eras distintas. Trabajaban más de 12 horas en las calles. El dinero que ganaban por vender golosinas y confites lo entregaban a sus padres y tíos.
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